lunes, 15 de octubre de 2012



Las lágrimas son moléculas. Se habla tanto de ellas que al final se tiene la impresión de que contienen algo más. Algo que está ahí y no alcanzamos a ver. Como si pudiésemos deshacernos de parte del agente causal en su estructura. Como si el dolor o la tristeza pudiesen reducirse a una simple formación molecular y desintegrarse lentamente en partículas tan insignificantes como para colarse entre un 98,3% de hidrógeno y oxígeno. O al revés, que los sentimientos pudiesen rebosar moléculas que se comprimiesen cada vez más hasta formar agua. Como las nubes. Moléculas que se condensan y acaban formando una lágrima. Y que el sentimiento se lo quedase uno dentro, deshidratado y encogido, en algún rincón donde no estorbe demasiado.




Las lágrimas son moléculas.


 Pero el dolor, duele. Aunque se deshidrate. Y la tristeza, es triste. Aunque se encoja. 

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